Un laico católico y un ex jesuita revelan las
relaciones de Bergoglio con Massera y la represión. Una patota operativa golpeó
a la novia del primero dentro del Colegio Máximo para que revelara dónde
encontrarlo.
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¿Quizá, la firma del pacto para un genocidio?
Videla y Bergoblio
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El sacerdote
manejaba el auto de Bergoglio, quien le contó sus encuentros con Massera
y le habló del plan político del ex dictador. Una monja y una ex religiosa
hablan del rol de Bergoglio en el secuestro de Yorio y Jalics.
Videla y BergoblioEl médico Lorenzo
Riquelme, hoy de 58 años y residente en Francia, dice que la patota que lo
secuestró y lo torturó en 1976 salió de la sede principal de la Compañía de
Jesús, donde vivía y era principal responsable el superior provincial Jorge
Mario Bergoglio. Riquelme tenía militancia en la Juventud Peronista
y en el movimiento cristiano vinculado con los curas del tercer mundo. Para
averiguar dónde encontrarlo golpearon a su novia, que trabajaba en el
Observatorio de Física Cósmica de San Miguel, dentro del predio del Colegio Máximo.
Riquelme cree que se trató de un grupo operativo de la Armada que tomó
posiciones allí después del golpe. En esos apremios participó un sacerdote que
con autorización de Bergoglio era capellán militar de la Escuela de
Suboficiales General Lemos, en la vecina guarnición de Campo de Mayo. El ex
jesuita Miguel Ignacio Mom Debussy, hoy de 63 años, hizo los votos el 13
de marzo de 1976 y Bergoglio fue su padrino de ordenación el 3 de
diciembre de 1984. En los viajes entre San Miguel y la Ciudad de Buenos Aires
en los que le hacía de chofer, Bergoglio le habló del proyecto político
del jefe de la Armada, Emilio Massera, y le comentó que se había reunido
con él varias veces.
El
mago González
El Observatorio
fue un lugar de encuentro de la militancia en los últimos años de la década del
60 y los primeros de la siguiente. Mucha gente de la zona almorzaba en su
comedor, que era muy barato, y pasó a ser punto de reunión y de discusiones
políticas. Entre quienes pasaron por allí estuvo Marcelo Kurlat, El
Monra, uno de los dirigentes de las FAR, que luego del golpe murió al
resistirse al secuestro por el grupo de tareas de la ESMA. El periodista
Horacio Ríos trabajaba en la Municipalidad de San Miguel (hoy General
Sarmiento), militaba en la JTP e integraba la comisión directiva del sindicato
municipal. Su madre y su hermano trabajaban en el Observatorio. Ríos ayudó
a crear una comisión interna muy combativa, que entre 1973 y 1975 logró
importantes reivindicaciones. Los jesuitas no estaban muy conformes con que la
efervescencia política de la que habían participado afectara sus propias
instituciones. La esposa de Ríos era Graciela Podestá, quien
entre 1999 y 2003 fue diputada bonaerense por el Frepaso. El ex jesuita Alberto
Sily narra que poco antes del golpe muchos científicos y técnicos del
Observatorio recibieron cartas con amenazas de la Triple A y cinco de los
principales se exiliaron, en Uruguay y en México. Podestá y Ríos recuerdan
a un jesuita de apellido español, que no trabajaba en el Observatorio pero
vivía en el Colegio Máximo, que siempre “llegaba con dos tipos armados con
FAL”.
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A sus espaldas cientos de miles de desaparecidos/as
torturados/as y asesinados/as. Totodos/as tras haber
sido secuestrados/as
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Ese fue el
sacerdote que participó en los apremios a la novia de Riquelme. Su
nombre era Martín González. Mientras la golpeaban, González le
sugería que colaborara. “El torturador malo y el torturador bueno”, dice Riquelme.
Antes que comenzara a operar la Triple A ese sacerdote se comportaba “como una
ovejita” pero luego del golpe “pasó a ser un lobo”, dice Graciela Podestá.
Mom Debussy se sorprendió al conocer ese rol. “Lo considerábamos muy
bueno. Nos divertía con sus actos de prestidigitación. Cuando murió lo afeité y
lo coloqué en el cajón”. Para Riquelme fue más que una sorpresa: “Era
como si mi padre me hubiera traicionado, como una violación. Nosotros teníamos
una agrupación de scouts, de la que González era capellán. Hacía magia, nos
sacaba pañuelos de la oreja, nos enseñaba los trucos”. Ambos consideran
imposible que estos hechos pudieran ocurrir sin aprobación de Bergoglio,
quien ejercía un control absoluto sobre todo lo que ocurría en su sede. “Cuando
asumió como provincial, en julio de 1973, mudó la curia provincial, que estaba
en la calle Bogotá, de Caballito, al Colegio Máximo, para controlar mejor a los
novicios y a los profesores. Allí se apropió del departamento del rector, y lo
redecoró. Constaba de despacho, dormitorio y baño. Decía que cada uno es libre
de hacer de su culo un florero, pero controlaba todo, desde la mentalidad a lo
que hacías, se metía en las habitaciones individuales, revisaba cada cosa”,
relata Mom Debussy.
Mom Debussy se define como “la oveja negra de una familia de la oligarquía”. Por vía
paterna desciende de Juan Martín de Pueyrredón y su abuelo materno era
hermano del músico francés Claude Debussy. Su madre fue fundadora de la
Democracia Cristiana, “de la línea garca de Manuel Ordóñez”. Eligió ser jesuita
porque se llamaba Ignacio y era “la orden más aristocrática y combativa”. Riquelme,
en cambio, proviene de una familia humilde y creció en el Barrio La Manuelita,
a pocas cuadras del Máximo. “Pasaba el día con los jesuitas”, evoca. Cuenta que
en “el pequeño Vaticano” que era San Miguel “todos se conocían. También los
milicos vivían allí. Iban a misa en el Colegio Máximo y sus hijos estudiaban en
los colegios católicos. Muchos militantes del Peronismo de Base vivían en el
Barrio Villa Mitre y trabajaban en el Colegio Máximo, durante los años
culminantes del progresismo católico, en 1972 y 1973. Había también ex
seminaristas. Estaban en comunidades orientadas por el sacerdote italiano Arturo
Paoli”. Bergoglio se encargó de suprimir ese fenómeno. En la primera
congregación provincial que presidió, en abril de 1974, dijo que los jesuitas
debían evitar lo que llamó las “ideologías abstractas no coincidentes con la
realidad” y reaccionar con “sana alergia cada vez que se pretende reconocer a
la Argentina a través de teorías que no han surgido de nuestra realidad
nacional”. Mom Debussy recuerda que hacia fines de 1974, “Bergoglio nos
mandó a una manifestación de Isabelita en la Plaza de Mayo”. María Estela
Martínez de Perón salió al balcón “vestida de rosa y habló de anular
contratos con la Siemens. Al frente de nuestro grupo puso al maestro de
novicios Andrés Swinnen. Tuvimos que ir todos con una bandera
argentina”. Bergoglio era amigo personal del coronel Vicente Damasco,
a quien visitaba en su casa de la calle Asunción, en Villa Devoto. Damasco fue
encargado de la custodia de Juan D. Perón y profesor de Planeamiento y
Organización en la sede San Miguel de la Universidad jesuita del Salvador. Con
el asesoramiento de Bergoglio elaboró un proyecto de reforma
constitucional. El primero de sus ocho principios orientadores decía que “la
Divinidad es la medida de todas las cosas”.
El
proyecto de Massera
“Ahora dice que
viaja en subte y colectivo. En la larga década en que yo lo serví no iba a
ningún lado sin el auto, ni siquiera a los barrios que estaban a pocas cuadras,
como La Manuelita”, refuta Mom Debussy, quien subrayó y anotó su
ejemplar de El jesuita, la autobiografía que Bergoglio acaba de publicar
en su descargo. Los viajes más largos eran entre San Miguel y la Ciudad de
Buenos Aires. Varias veces le comentó encuentros con el miembro de la Junta
Militar Emilio Massera. “Me dijo que quería proteger a los novicios y
estudiantes (dos veces aparecieron milicos cuando yo estaba en el noviciado,
nos hicieron salir, nos apuntaron. Después no nos acosaron más). Estaba en
negociaciones con él porque quería que la Marina comprara el Observatorio de
Física Cósmica, lindero al Colegio Máximo”. No se llegó a un acuerdo y en diciembre
de 1977 lo compró la Fuerza Aérea. Varias personas que trabajaban allí “fueron
secuestradas y cuando recuperaron su libertad, fueron despedidas por Bergoglio”,
dice Riquelme. “Hay quienes dicen que los protegía, porque les pagó el
último sueldo”.
A Mom Debussy, Bergoglio también le habló en los viajes del proyecto político de Massera.
A Mom Debussy, Bergoglio también le habló en los viajes del proyecto político de Massera.
–¿Con simpatía?
–Seguro que con
disgusto no. Le parecía bien que fuera contra Videla.
Yoga y oración
Yoga y oración
En La Manuelita
estaba la parroquia Jesús Obrero. Allí se instaló el sacerdote Jorge Adur,
quien era integrante de Montoneros, con tres seminaristas de la orden
asuncionista que estudiaban teología en la Facultad que funcionaba en el
Máximo. Con Adur tenían un vínculo afectivo pero no político, porque
“para ellos toda la política era el diablo. Nos lo habían dicho a los pibes del
barrio para desaconsejarnos la militancia. Meditaban diez horas por día, hacían
yoga y oración. Pensaban irse a la Patagonia por un año a meditar. Eran
contemplativos, como Jalics”, dice Riquelme. Dos de esos seminaristas, Carlos
Antonio Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez, fueron capturados el 4
de junio de 1976, en un operativo del Ejército y la policía con armas y
uniformes a la vista. Adur no había ido a dormir esa noche al barrio. “Por la mañana
los vecinos se turnaron para esperarlo en la parada de colectivo y avisarle
para que se fuera.” Diez días después, “un grupo del Ejército me levantó a mi y
a Haydé Balmaceda, de la Unidad Básica de La Manuelita, que era ayudante
de una clínica. Creo que el lugar al que nos llevaron era una comisaría, a
veinte minutos del Camino Negro, donde nos tuvieron encapuchados. Tenía celdas,
baño y sala de torturas, con electricidad. Nos torturaron y nos preguntaron por
esos curas y por la posta sanitaria de Montoneros”. Dos días después los
sacaron en un camión, a las 4 de la mañana. Riquelme se cayó sobre una
persona, que le preguntó:
–¿Quien sos?
–Lorenzo.
–¡Que suerte,
no quería morir sola! –le respondió Balmaceda.
Los llevaron a
un descampado y los hicieron arrodillar. “Yo quería morir de pie y gritando
alguna consigna heroica como en las películas. Pero tenía la garganta cerrada.
Me pegaron un empujón y se fueron. Pensé que estaba muerto. Haydé me decía que
nacimos de nuevo el mismo día y que la gordura la salvó de que la violaran.”
Guardias con FAL
Durante los
días de ausencia de Riquelme, el capellán Martín González le dijo
a su novia: “Este se fue a curar guerrilleros”. La detuvo en el Colegio el
grupo de marinos que se habían instalado en el Observatorio. Mientras le
pegaban, González participaba. “Decí dónde está, mejor que hables porque
si no no puedo hacer nada por vos”. Riquelme se había refugiado en la
casa de una compañera de facultad, hija de un militar. A las nueve de la noche
la novia no pudo resistir más. Lo llamó por teléfono al número que él le había
dado, le preguntó dónde estaba y le pidió que la esperara allí. “Veinte minutos
después caen y me levantan. Encapuchado, me llevan hasta una casa operativa,
creo que en Bella Vista. No me creían que ya había estado secuestrado, me
torturaban y me decían que había estado curando gente.” A la madrugada lo
sacaron de allí. Uno lo asía del brazo.
–¿Qué va a
pasar? –preguntó Riquelme
–No sé, están
decidiendo –le respondió.
Lo llevaron
hasta una ruta y lo tiraron en una zanja. “Cuando se van me levanto, camino y
reconozco que estoy a 200 metros del Colegio Máximo, en el barrio que está
enfrente.” Recién días después, Riquelme pudo hablar con su novia. “Me
cuenta que me entregó porque González le dijo que colaborara. Yo lo
conocía desde que fui boy scout. Siempre venía de la Escuela Lemos con chofer
en una F100 del Ejército, acompañado por dos guardias con FAL. Nunca pude
acercarme para hablar con él.” Graciela Podestá recuerda que el
sacerdote de apellido español comentó: “Espero que esto sirva de lección”.
El uso de armas
era habitual en el predio jesuita. “Bergoglio nos mandaba a hacer
guardia nocturna con carabinas .22 y balas de plomo, cuando se recuperó la
pileta de natación de los fondos del Máximo y hubo algún intento por bañarse de
la gente del barrio aledaño, donde hacíamos catequesis y visitábamos las
casas”, recuerda Mom Debussy. Riquelme fue uno de los jóvenes que
lo intentaron. “El hermano Rivisic me tiró con la 22, porque me metía en la
piscina. Me pasó cerca de la pierna y me dijo que la próxima vez me tiraba a
pegar”, recuerda.
Almuerzo con granadas
En el
Observatorio “había gente izquierdosa. Mariano Castex llevó ahí a muchos
profesores de Exactas reprimidos en la noche de los bastones largos, curas
progres, ex seminaristas. La Marina lo limpió. En 1975 hubo un Congreso
controlado por el SIDE y la Marina”, dice Riquelme. Sus recuerdos coinciden con
los de Mom Debussy. Ellos no se conocen y las entrevistas se realizaron
por separado. “Bergoglio invitaba al Colegio Máximo a oficiales de Campo
de Mayo, que venían de uniforme. Una vez llegaron varios con ropa de combate y
unas granadas redondas colgando. Los recibió en el comedor viejo del tercer
piso, que después el mismo Bergoglio clausuró. Estábamos cenando y
llegaron con un capellán”, recuerda Mom Debussy. Podestá y Ríos
cuentan que en el barrio corren historias sobre cuerpos enterrados en las
adyacencias del Colegio Máximo y su viejo cementerio. Según esa leyenda un
cuidador del Colegio y varios vecinos vieron fantasmas de gente sangrante.
Después del
segundo secuestro, Riquelme se fue a vivir en una casa de la calle
Malabia al 1400, en la Ciudad de Buenos Aires, que pertenecía a la Faternidad
de Hermanitos del Evangelio Charles Foucauld. Allí vivían los curas Jesús y
Mauricio Silva Iribarnegaray. Mauricio trabajaba como barrendero
municipal. El 22 de mayo de 1977, Riquelme se fue de la Argentina hacia
Francia, donde aún vive. Su hija, nacida en París, se apasiona por entender
aquella época. Desde hace dos años estudia Ciencias Políticas en la Argentina.
“Mauricio me acompañó al aeropuerto. A él lo secuestraron quince días después”,
y sigue desaparecido. En París, participó en la denuncia de las atrocidades de
la dictadura. “Adur estaba deprimido. Algunos padres le escribieron que
era un sinvergüenza que vive en el dorado exilio y a mi hijo lo mataron. Por
eso aceptó ese rol ridículo de capellán del llamado Ejército montonero. Lo
secuestraron en 1980 cuando llegó con documentos falsos e intentó ir a Brasil
para acercar a las Madres de Plaza de Mayo al papa”. Desde París, Riquelme le
hacía el control telefónico. Cuando Adur dejó de llamar, Riquelme avisó
a los asuncionistas, que son dueños del diario La Croix, pero recién al cabo de
una semana aceptaron publicar una nota en condicional. “Me decían que Adur sabía
lo que le podía pasar. Jesús también sabía, les contesté”.
El Silencio
Cuando la publicación más importante de Alemania, Der
Spiegel, se refiere al “papado fallido” de su compatriota Joseph Ratzinger (el
mismo término que la Inteligencia estadounidense aplica a los estados con vacío
de poder en los que justifica su intervención), el primado de la Argentina y
arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, emprende una
operación de lavado de imagen con la publicación de un libro autobiográfico. El
ostensible propósito de “El Jesuita”, como se titula, es defender su desempeño
como provincial de la Compañía de Jesús entre 1973 y 1979, manchado por las
denuncias de los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics de
que los entregó a los militares. Ambos estuvieron secuestrados cinco meses a
partir de mayo de 1976.
En cambio nunca reaparecieron las cuatro catequistas y
dos de sus esposos secuestrados dentro del mismo operativo. Entre ellos estaban
Mónica CandelariaMignone, hija del fundador del CELS, Emilio
Mignone, y María Marta Vázquez Ocampo, de la presidente de Madres
de Plaza de Mayo, Martha Ocampo de Vázquez.
Es el cardenal quien vincula su descargo con la
elección papal. Su libro narra que cuando la vida de Juan Pablo II se
apagaba y el nombre de Bergoglio figuraba en los pronósticos de los
periodistas especializados “volvía a agitarse una denuncia periodística
publicada unos pocos años atrás en Buenos Aires” y que “en las vísperas del
cónclave que debía elegir al sucesor del papa polaco, una copia de un artículo
con la acusación, de una serie del mismo autor, fue enviada a las direcciones
de correo electrónico de los cardenales electores con el propósito de
perjudicar las chances que se le otorgaban al purpurado argentino”. Bergoglio
dice en su libro que nunca respondió la acusación “para no hacerle el juego
a nadie, no porque tuviese algo que ocultar”. No explica qué cambió ahora.
Pastores
y lobos
En realidad la primera versión del episodio no se debe a ningún periodista sino a Emilio Mignone. En su libro Iglesia y dictadura, editado en 1986, cuando Bergoglio no era conocido fuera del mundo eclesiástico, Mignone ejemplificó con su caso “la siniestra complicidad” con los militares, que “se encargaron de cumplir la tarea sucia de limpiar el patio interior de la Iglesia, con la aquiescencia de los prelados”. Según el fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales, durante una reunión con la Junta Militar en 1976 el entonces presidente de la Conferencia Episcopal y vicario castrense, Adolfo Servando Tortolo, acordó que antes de detener a un sacerdote las Fuerzas Armadas avisarían al obispo respectivo. Agrega Mignone que “en algunas ocasiones la luz verde fue dada por los mismos obispos. El 23 de mayo de 1976 la Infantería de Marina detuvo en el barrio del Bajo Flores al presbítero Orlando Yorio y lo mantuvo durante cinco meses en calidad de desaparecido. Una semana antes de la detención, el arzobispo [Juan Carlos] Aramburu le había retirado las licencias ministeriales, sin motivo ni explicación. Por distintas expresiones escuchadas por Yorio en su cautividad, resulta claro que la Armada interpretó tal decisión y, posiblemente, algunas manifestaciones críticas de su provincial jesuita, Jorge Bergoglio, como una autorización para proceder contra él. Sin duda, los militares habían advertido a ambos acerca de su supuesta peligrosidad”. Mignone se pregunta “qué dirá la historia de estos pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”.
La llaga abierta
Publiqué la historia en esta misma columna, el 25 de abril de 1999. Además de la opinión de Mignone, la nota incluyó la de quien fue su colaboradora en el CELS, la abogada Alicia Oliveira, quien dijo lo que ahora repite en el libro: que su amigo Bergoglio, preocupado por la inminencia del golpe, temía por la suerte de los sacerdotes del asentamiento y les pidió que salieran de allí. Cuando los secuestraron, trató de localizarlos y procurar su libertad, así como ayudó a otros perseguidos. A raíz de aquella nota, Orlando Yorio se comunicó conmigo desde el Uruguay, donde vivía. Por teléfono y correo electrónico refutó las afirmaciones de Bergoglio y Oliveira. “Bergoglio no nos avisó del peligro en ciernes” y “tampoco tengo ningún motivo para pensar que hizo algo por nuestra libertad, sino todo lo contrario”, dijo. Los dos sacerdotes “fueron liberados por las gestiones de Emilio Mignone y la intercesión del Vaticano y no por la actuación de Bergoglio, que fue quien los entregó”, agregó Angélica Sosa de Mignone, Chela, la esposa durante medio siglo del fundador del CELS. Sus testimonios se incluyeron en la nota “La llaga abierta”, que se publicó el 9 de mayo de 1999. También se transmitieron allí las posiciones de Bergoglio y del otro cura secuestrado aquel día, Francisco Jalics.
Cuestion
de Estilo
En su libro, Bergoglio dice ahora que Yorio y Jalics “estaban pergeñando una congregación religiosa, y le entregaron el primer borrador de las reglas a los monseñores Pironio, Zazpe y Serra. Conservo la copia que me dieron”. Bergoglio también me entregó una copia a mí. Expresa el tipo de dudas y conflictos que fueron comunes en un alto número de sacerdotes a partir del Concilio Vaticano II, con “la crisis de las congregaciones religiosas, los signos de los tiempos modernos, la coincidencia con el sentir de la búsqueda de los jóvenes y la confirmación espiritual que sentimos en nuestro actual modo de vivir”. El problema en este caso era cómo compatibilizar “el estilo ignaciano de la vida religiosa” con “la vida moderna pedía un estilo nuevo”. La minuta agrega que las Congregaciones Apostólicas están organizadas de modo que sus superiores “parecen preocuparse más por las obras que por la atención espiritual de sus súbditos”. En cambio ellos idealizan el modelo de las fundaciones monásticas y plantean que “la comunidad se una en torno de una búsqueda espiritual y de un proyecto de vida y no en torno de obras”. Esto plantea una “incompatibilidad personal” a los sacerdotes subordinados a la disciplina de su congregación.
En su carta al padre
Moura, Yorio menciona esa minuta como respuesta a la presión de Bergoglio
para que disolvieran la comunidad en el Bajo Flores. Agrega que a Pironio,
Zazpe y Serra les dejaron “un esbozo de estructuración de vida
religiosa en caso de que no pudiéramos seguir en la Compañía y fuese posible
realizarla fuera”, lo cual no implica que quisieran salir de ella. En un viaje
posterior a la Argentina, Pironio le dijo que no había consultado el tema en
Roma porque Bergoglio “lo había ido a ver para decirle que el padre
general era contrario a nosotros”. Zazpe respondió que “el provincial
andaba diciendo que nos echaba de la Compañía” y Serra le comunicó que le
retiraban las licencias en la Arquidiócesis, porque Bergoglio había comunicado
“que yo salía de la Compañía”.
Según Bergoglio,
el superior jesuita Pedro Arrupe dijo que debían elegir entre la comunidad en
que vivían y la Compañía de Jesús. “Como ellos persistieron en su proyecto y se
disolvió el grupo, pidieron la salida de la Compañía”. Agrega Bergoglio que la
dimisión de Yorio fue aceptada el 19 de marzo de 1976. “Ante los rumores de
inminencia del golpe les dije que tuvieran mucho cuidado. Recuerdo que les ofrecí,
por si llegaba a ser conveniente para su seguridad, que vinieran a vivir a la
casa provincial de la Compañía”, dice Bergoglio. Agrega que nunca creyó que
estuvieran involucrados en actividades subversivas. “Pero por su relación con
algunos curas de las villas de emergencia, quedaban demasiado expuestos a la
paranoia de la caza de brujas. Como permanecieron en el barrio, Yorio y Jalics
fueron secuestrados durante un rastrillaje.”
Papelitos
Bergoglio también niega haber aconsejado a los funcionarios de Culto de la Cancillería que rechazaran la solicitud de renovación de pasaporte de Jalics, que él mismo presentó. Según Bergoglio el funcionario que recibió el trámite le preguntó por “las circunstancias que precipitaron la salida de Jalics”. Dice que le respondió: “A él y a su compañero los acusaron de guerrilleros y no tenían nada que ver”. El cardenal agrega que “el autor de la denuncia en mi contra revisó el archivo de la Secretaría de Culto y lo único que mencionó fue que encontró un papelito de aquel funcionario en el que había escrito que yo le dije que fueron acusados de guerrilleros. Había consignado esa parte de la conversación pero no la otra en la que yo le señalaba que los sacerdotes no tenían nada que ver. Además el autor de la denuncia soslaya mi carta, donde yo ponía la cara por Jalics y hacía la petición”.
Nada fue así.
En notas publicadas aquí y en mis libros El Silencio y Doble juego, narré la
historia completa y publiqué todos los documentos, comenzando por la carta por
cuya omisión Bergoglio reclama. Luego sigue la recomendación del
funcionario de Culto que lo recibió, Anselmo Orcoyen: “En atención a los
antecedentes del peticionante, esta Dirección Nacional es de opinión que no
debe accederse”. El tercer documento es el definitorio. Ese papelito, firmado
por Orcoyen, dice que Jalics tenía actividad disolvente en comunidades
religiosas femeninas y conflictos de obediencia, que estuvo con Yorio en la ESMA
(detenido, dice, en vez de secuestrado) “sospechoso contacto guerrilleros”.
El punto más interesante es el siguiente, porque remite a intimidades de la
Compañía de Jesús, vistas desde la óptica de Bergoglio, que no había
ninguna necesidad de confiar al funcionario de la dictadura: “Vivían en pequeña
comunidad que el Superior Jesuita disolvió en febrero de 1976 y se negaron a
obedecer solicitando la salida de la Compañía el 19/3”. Agrega que Yorio fue
expulsado de la Compañía y que “ningún obispo del Gran Buenos Aires lo quiso
recibir”. La Nota Bene final es ilevantable: dice Orcoyen que estos
datos le fueron suministrados “por el padre Jorge Mario Bergoglio,
firmante de la nota con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo
que solicita”.



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